Se despertó de la pesadilla algo más agitado que de costumbre. La ventana, herméticamente cerrada, no dejaba entrar ni un rayo de luz ni salir una gota de aire. Por eso luchó para situarse, buscar la lámpara y de una vez por todas saber que tenía agarrado en su mano. El radio reloj con unos pequeños números rojos parecía ser la única colaboración con la que contaba desde hace tiempo. Números rojos impasibles y crueles que iban cantando y tiñendo toda la mortecina atmósfera de su habitación en una cuenta atrás sin fin. Parecía más bien una antesala del averno, o de un burdel húngaro que la humilde pensión del puerto donde familias enteras pernoctaban antes de coger el tren que los llevaba a la vendimia.
Encendió la luz de su mesita de noche y entendió que algo no marchaba bien, o mejor dicho, algo marchaba peor que de costumbre. Las sábanas estaban manchadas con un fluido rojo y viscoso, parecía sangre. Una sangre oscura. Y en su mano izquierda su puño apretaba aquello que, a veces, parecía palpitar. Tuvo miedo pero acercó solemnemente aquella cosa y tomándola con las dos manos y, sentado todavía en su cama, se acercó hacia la luz. Era un corazón… parecía un corazón. Quiso hacer memoria del reciente sueño siniestro pero este ya se había escapado de su maltratada mente. Desnudo y descalzo se precipitó hacia el resbaladizo y viejo cuarto de baño. Se miró los ojos en el espejo y no se reconoció. Volvió a observar el corazón entre sus manos y gritó enloquecido el nombre de su mujer, aunque sabía que el corazón que se desangraba era el suyo.
jcarlosgrey@hotmail.com
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