La bella Otero
¿Quién fue la mujer que inspiró a nuestro José Martí estos magistrales octosílabos que describen, “pintándola como en una acuarela a
07/04/2010

El alma trémula y sola /padece al anochecer / hay baile;
vamos a ver
la bailarina española.
Han hecho bien en quitar / el banderón de la acera; / porque si está la bandera / no sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina: / soberbia y pálida llega: / ¿cómo dicen que es gallega?
pues dicen mal: es divina…
(De La bailarina española, de
José Martí)
¿Quién fue la mujer que inspiró a nuestro José Martí estos magistrales octosílabos que describen, “pintándola como en una acuarela animada” (1) a la bailarina española?
La mayoría de los estudiosos coinciden en afirmar que la musa (2) de este poema antológico es Carolina Otero, pero… ¿quién fue en realidad La Bella Otero, como se le conoció en los predios de la escena?
Poseedora de un indiscutible ángel al que, sin duda, supo sacarle partido, para muchos, sin embargo, su baile era más instintivo que técnico. Mezclaba el flamenco con fandangos y danzas exóticas. También se dedicó a la canción y probó suerte como actriz.
Fue considerada una de las mujeres más atractivas de su tiempo.
Entre sus muchos amantes se cuentan millonarios como el norteamericano William K. Vanderbilt y reyes como Alfonso XIII de España y Leopoldo II de Bélgica.
Intelectuales de renombre también cayeron rendidos ante sus atractivos, entre ellos, el poeta D´Annuncio y el pintor Renoir, quien la llevó al lienzo.
Se cuenta que siete hombres prefirieron el suicidio a vivir alejados de sus pasiones, -entre ellos su descubridor- de ahí su sobrenombre Sirena de los suicidios. Su vida fue una leyenda.
HACEDORA DE SU MITO
Trascurrían entonces los días de la Belle Époque, cuando los poderosos pagaban buenos dividendos a reconocidas “artistas”, por llamarlas de algún modo, pues su valor se cotizaba si llevaban del brazo alguna de estas célebres cortesanas.
Sabedora de su cuantía, La Bella Otero afirmaba en el París de sus esplendores: "Que a un caballero lo vean conmigo aumenta su reputación y le clasifica como un hombre inmensamente rico".
Principal hacedora de su mito, esta supuesta andaluza, hija de una madre soltera, mendiga por más señas, y de un paragüero remendón, en realidad se llamaba Agustina y había nacido en 1868 en una aldea perdida de Galicia.
Violada a los diez años, abandonó su pueblo y fue a parar a un prostíbulo, de donde huyó con un cómico de la legua de los muchos que había en la España de fines del siglo XIX.
El poder y la gloria la esperaban al doblar de la esquina.
DE CÓMO FUE DESCUBIERTA
En un tugurio de Marsella la conoce el empresario norteamericano Ernest Jurgens, quien se aventura en contratar a una auténtica bailarina española a fin de enfrentarla a la entonces famosa Carmencita, a la que empresarios rivales distinguían como tal, pese a ser hija de un albañil polaco y haber nacido en los Estados Unidos.
Jurgens se convirtió en el amante de la Otero y gastó una fortuna para guiar su vocación.
Puso a su servicio al acreditado profesor de música y canto Ferninando Bellini, -quien, en realidad, jamás creyó en las aptitudes de la alumna -, y por si fuera poco, formó una compañía que le permitiera a su protegida lucirse bailando jotas y tanguillos.
Luego de darle algunas clases, Bellini fue sincero en su apreciación: “Sus medidas (97-53-92), sus 51 kilos de peso y su estatura de 1.70 harán que el talento no sea todo en la escena. La muchacha tiene algo valioso: fuego en los ojos y en el pelo, y, sobre todo, mucha sensualidad en cada uno de sus movimientos”.
El maestro no se equivocó.
GUITARRA Y PANDERETA
Bella entre las bellas y con una exótica imagen de “guitarra y pandereta, de toreros, de gitanos y de sangre”, la Otero llenaba cualquier teatro en el que se presentara.
Fue todo un suceso en el Nueva York de 1890 -donde Martí pudo admirarla,- y después en París, Rusia, Buenos Aires... en tanto Jurgens se privaba de la vida.
Se dice que a la Bella Otero parecía rodearle un halo de malignidad. Acaso la más dramática de estas leyendas fue la de un joven, que se arrojó ante su carruaje diciéndole "Te doy lo único que tengo: mi vida".
Hay quienes afirman que su perversidad con los hombres –a los que desplumaba sin el más mínimo escrúpulo- estaba motivada por su brutal violación cuando niña que la dejó estéril.
Cierta o no esta historia, la Bella Otero no se casó jamás.
De carácter indómito, vehemente, y calculadora, tal vez no conoció el verdadero amor, aunque fue descrita por algunos de sus amantes como puro fuego.
Casi toda su vida fue una fabulación.
Aficionada al juego, gastó en los casinos de Niza y Montecarlo toda una fortuna. Los años la alejaron de la escena y sus amantes se hicieron cada vez más huidizos.
Acabó malviviendo en una modesta habitación en Niza, donde falleció en 1965. Su vida ha sido motivo de inspiración de varias biografías, series para la televisión y películas, una de ellas, protagonizada por María Félix.
Sus escasos bienes los legó a los pobres de su pueblo, en Valga, Pontevedra.
(1) Remos y Rubio, Juan J.: Historia de la literatura cubana, Tomo III, Modernismo.
(2) Blanche Zacharie de Baralt, en su libro El Martí que yo conocí, afirma que: “Muy apreciador del arte y de la hermosura, tenía él (Martí) un vivo deseo de ver bailar a la Otero; pero, por desgracia, en el teatro donde actuaba, el Eden Musee, en la calle 23 habían puesto sobre la puerta una gran bandera roja y gualda, y Martí no podía entrar en un edificio cobijado por el estandarte de España. (…) Un día, no se sabe por qué motivo, los empresarios arriaron la bandera. El camino estaba, pues, libre y fuimos Martí, mi marido, mi cuñada Adelaida Baralt y yo a verla bailar”.