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Los demonios de Jacinto Tomás

06/04/2010
Los demonios de Jacinto TomásLos esclavos de la casa del capitán Antonio aseguraban que el pequeño Barreto estaba poseído por el espíritu de un tal Miguel, esclavo revoltoso originario de la isla de Martinica, quien, acusado de haber dirigido una sublevación cuyos involucrados incendiaron la casa vivienda del ingenio San Hipólito, situado a dos leguas del poblado de Guanabacoa, fue hecho prisionero por el capitán Antonio Barreto y su peculiar milicia. Este condenó a Miguel a morir atado a un poste y azotado, y finalmente fusilado con arma de fuego. Como no muriera el reo del primer disparo efectuado sobre su sien derecha, el verdugo tuvo que apretar el gatillo tres veces más.

Con la tapa de los sesos levantada y perdiendo sangre a borbotones por las horribles heridas, la nariz y la boca, el negro Miguel no solo no moría, sino que miraba a todos con los ojos perfectamente abiertos y la cabeza erguida. Perdonado al fin por el Alcalde, caminó por sus propios pies hasta una casa donde se le practicó la primera cura. Allí falleció once días después.

Todo el mundo estaba tan convencido de que Miguel era un brujo que la Autoridad hizo registrar su bohío y examinar su cuerpo en busca de alguna señal de hechicería. Si fue hallada no es noticia que haya llegado a nosotros, pero los negros hicieron correr la voz de que la venganza del negro asesinado había consistido en meter su espíritu dentro del cuerpo del hijo único de don Antonio.

Como si quisiera dar razón a esos rumores, siendo muy joven Jacinto Tomás se reveló como un hombre poseído por imprevisibles ataques de cólera que rayaban en el frenesí. Para desahogarse acostumbraba azotar un enorme crucifijo, del tamaño de un árbol, hecho tallar por su madre en madera preciosa cubana y que, después de muerto el perverso, fue legado por su heredero a la iglesia de María Auxiliadora.

La leyenda de sus tratos con el Demonio creció aún más después de un hecho singular que protagonizó el conde en uno de sus ingenios, el Barreto, ubicado en el poblado de Managua, cuando el aristócrata loco se negó a permitir que recesaran los trabajos de la zafra con motivo de la celebración de la Semana Santa, a pesar de los clamores del cura de esos lares y los argumentos del administrador.

Cuenta la leyenda que al finalizar la sagrada fecha ocurrió un hundimiento de tierra en el área del batey, por cuya causa se derrumbaron varias e importantes construcciones, hecho que vecinos y esclavos adjudicaron a las iras del Señor.

Pero los más absurdos crímenes de Jacinto Tomás, o al menos los más conocidos, tuvieron por escenario la casona solariega que se hizo construir en su propiedad de Monte Barreto, frente a lo que es hoy la papelera de Puentes Grandes, a orillas del Almendares; crímenes que se le achaca haber cometido también en su palacio estilo mudéjar ubicado en la esquina de Luz y Oficios, mansión que se hizo construir y para cuya decoración interior contrató al pintor Juan Bautista Vermay.

Cuentan los cronistas que Jacinto Tomás se complacía en convocar en el patio de esta casona a los mendigos y menesterosos de la zona con el pretexto de entregarles limosnas, como mandaba entonces la caridad liberadora y complaciente de los ricos. Y cuando la mísera turba se arremolinaba ansiosa sobre las baldosas, las grandes puertas por donde habían entrado se cerraban de pronto, y por otras puertas pequeñas provenientes del interior de la casa irrumpían en el patio los enormes lebreles del conde, animales de aspecto fierísimo que aterraban a los indefensos allí reunidos, quienes en el colmo del espanto y olvidando momentáneamente sus limitaciones físicas y sus enfermedades, iniciaban un alocado movimiento de huída que incluía la tentativa de treparse por las paredes en vano intento por escapar al supuesto inminente ataque de las bestias, a las cuales tomaban por la reputada jauría que el conde acostumbraba utilizar cuando emprendía sus eficacísimas cacerías de cimarrones. No sabían que, en realidad, lo que Jacinto Tomás usaba en estos “divertimentos” era su camada cazadora de venados, mucho más inofensiva, por supuesto, y nada peligrosa para las personas.

Como ocurre siempre en estos casos de miedo colectivo, la gente corría sin orden ni concierto y unos a otros se golpeaban y lastimaban entre sí. Mientras, apostado en un punto estratégico de la vivienda, Jacinto Tomás se desternillaba de risa contemplando aquel espectáculo que hubiera conmovido o repugnado a alguien con una sensibilidad menos anormal que la del primer conde de Casa Barreto.

Cuando se le gastaba la diversión mandaba retirar los perros y curar a los heridos, a quienes terminaba por entregar la prometida limosna, cuyo monto, cosa curiosa y que hay que achacar a un macabro capricho, estaba siempre de acuerdo con la magnitud de los daños y lastimaduras, como si en medio de su maldad intentara indemnizarlos por su condición de tristes víctimas suyas.
También en su vida amorosa fue maldito al parecer, o quizás sería mejor decir que engendraba maldad a su alrededor, pues aunque se casó tres veces, todas sus esposas murieron, mientras que él gozó de una larguísima existencia.

De su tercer matrimonio, que efectuó a los 54 años con una joven de 26, tuvo su único hijo varón, quien, por suerte, consiguió sobrevivirle, y con el cual se malquistó meses antes de morir, retirándose a su casona de Monte Barreto, donde ya aquejado de un mal incurable se dedicó a esperar su última hora sin más compañía que sus esclavos
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