La tumba ausente del Fausto criollo
02/04/2010

Leyendo el libro De la Habana, de siglos y de familias, de la investigadora cubana María Teresa Cornide, se me ha ocurrido que aunque Alemania siempre ha tenido a mucho orgullo ser la patria de Goethe, autor de Doctor Faustus, novela donde ese personaje extraordinario, apenas salido de la pluma del gran germano, tomó carta de eternidad y talla de arquetipo trágico, nosotros, los cubanos, también tenemos un Faustus.
El nuestro es de carne y hueso, o debería decir fue, pues ya hace siglos cruzó el umbral que separa los mundos. No se trató de un hombre sabio, un magister como el alemán, y tampoco vendió su alma a Satanás por amor al conocimiento; o al menos, si lo hizo, no ha llegado tal noticia a nuestros días.
Pero en una cosa sí comulgan los dos, y es en el insobornable ajuste de cuentas a que El Diablo los sometió. Como la historia del Faustus cubano es bien poco conocida y corre el riesgo de ser completamente olvidada, la traigo a colación en estas páginas.
En los cementerios donde tienen su última morada casi todas las familias nobles de La Habana falta, sin embargo, una tumba, la de uno de los más ilustres representantes de la aristocracia criolla de la Colonia: Jacinto Tomás Barreto y Pedroso, I conde de Casa Barreto, quien desde luego, murió a su hora, pero cuyo cadáver desapareció en pleno velatorio y ha pasado a la historia envuelto en el mayor de los misterios.
El apellido Barreto, de origen portugués, incluye en su linaje obispos y generales, pero probablemente ninguna otra familia en la capital cubana cuenta con un miembro de leyenda tan negra como este Barreto que nos ocupa, personaje de crueldad legendaria a quien se acusó en su época de andar en tratos con el mismísimo Demonio.
Jacinto Tomás, nacido en La Habana en 1718, fue hijo único del capitán Antonio Barreto, quien era Regidor de la villa y Alcalde Mayor Provincial de la Santa Hermandad, una especie de cuerpo de policía inspirado quizás en aquel otro que fundara el emperador Carlomagno en su época para cazar y castigar en el reino franco a los herejes y librepensadores; pero la variante habanera del cargo que dicha familia ostentó hasta 1790, consistía en aprehender a los negros huidos de sus amos, llamados cimarrones. Muchos de ellos aparecían rondando por los campos y barrios marginales de la capital, donde al ser descubiertos por la policía de Barreto eran tomados prisioneros y enviados a un centro de reclusión.
La suerte del cimarrón encerrado en tales depósitos debió ser especialmente amarga. Pésimamente mal alimentados, invadidos de epidemias que los atormentaban y diezmaban, los negros se encontraban bajo la vigilancia de un administrador, un mayordomo, un sereno, un médico, un practicante y un capellán, cargos todos que en la práctica se reducían a lucrar con la venta de cuanta pieza les caía entre las garras.
Eso sin contar que los negros llegaban allí absolutamente aterrorizados, pues Barreto, y más tarde su hijo, utilizaban una jauría de perros temibles para dar caza a los prófugos; perros que en más de una ocasión, y por haber sido perversamente entrenados para tal fin, dieron muerte entre sus filosos colmillos a más de un perseguido.
Cuando Jacinto Tomás sustituyó a su padre en el desempeño de sus funciones convirtió este centro de prisión en una lucrativa fuente de ingresos, y no sólo fueron enviados allí los esclavos fugitivos, sino cualquier negro, libre o no, que no pudiera mostrar documento alguno que le acreditara condición de liberto o esclavo de amo reconocido. El conde negociaba a costa de los reclusos arrendándolos para todo tipo de trabajos, usualmente tan duros que muy pocos regresaban con vida a los depósitos.
Además de tales y turbios negocios, la fortuna del siniestro aristócrata (cuyo título le fuera concedido en 1786) procedía de la propiedad de los dos mejores ingenios de su época, y de riquísimas haciendas ganaderas y cafetaleras. Sus contemporáneos lo describían como un hombre de mal carácter, caprichoso y cruel, amigo de intrigas y enredos, a quien le gustaba dar siempre qué hablar con sus aventuras y calaveradas. Para muchos se trataba de un demente a quien sólo su dinero salvaba del asilo de los locos, o de algo peor como la picota o las hogueras de la Inquisición, que sin duda merecía más. (continuará…)